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Bibliografía y textos de Ana Claudia Díaz

Enviado por Remisson Aniceto el 17/11/2011 a las 8:02
Remisson Aniceto

Ana Claudia Díaz

 

Ana Claudia Díaz, 1983, Santa Teresita, Argentina.
Reside en Buenos Aires, Argentina.

Estudió letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata y participó de diferentes encuentros literarios.
Actualmente asiste al taller de Romina Freschi y colabora con el taller de poesía de APOA en el Hospital Braulio Moyano.

Bibliografía:

Ha publicado la plaqueta de poesía plegable Vuelto Vudú (Colección, Dale!, 2009) y Limbo (2010) en Pájarosló editora.
Poemas suyos fueron publicados en ramona, lakuma-pusaki, poetas al volante, las afinidades electivas, poetas en la luna, pájaros locos, isla negra y otros medios.

Es miembro de REMES: redescritoresespa.com

anaclaudiadiaz.blogspot.com

diazanaclaudia@gmail.com

La ecología de las poblaciones

Ocurre la bisagra entre lo que se llena de sí o de inquietud. O los volúmenes de frascos de cuello recogido, de vidrio poblados de planos tallos de flores rosas ágiles cubriendo, pálidas, los pies de la ladera risueñas crean un pórtico para gestar la estirpe para estallar rampantes para no ser furtivas. Eternas.

Ocurre como si fuera de un abanico amarillo cosas despedidas salen de ahí como temblando, sacudidas. Ruge la pólvora. La hendidura se rinde trémula, roída. Otra vez.

Ocurre
una estela se enreda en la espuma del mar
y borra tras de sí los rastros que pasan bajo el aire enflorecidos
Luminosos, como aquella instancia que perdura
cuando se erige sobre el suelo un pedestal.

Al costado del plantío se deshilacha la llovizna
y cae, de vestido verde, como buscando el cáliz.

Al deshacer el orden, el degradé: las semillas, aun tiernas, se suspenden en la serenidad firmamento aparente del aliento e intentan guardar la calma, templarla para vigilarlo todo, enganchadas insinúan ser la parte visible del viento que es linaje en todo lo que flota o se siembra.

Ocurre
la expansión del aire alrededor de la boca
desahoga al absoluto como si fuera
cíclopes gigantes desnudos sobre la felpa
apeados, esperando a que los juzguen.

Como en el candor de los colores
la ingenuidad se vuelve lúdica
y escondida entre las matas
busca la pureza abrumada en la mañana.

Los muelles se vuelven pasajes construidos
solo para escapar de la colmena mediterránea
como único abrigo que se apelmaza
en el pasillo marítimo de un encuentro.

Las violetas se despiertan audaces
y se enroscan en las enaguas de los hongos
dejando solo ver la parte extraordinaria
veteando el infinito.

La explosión de un error se vuelve bella y en completo desacierto la tierra se convierte en una pradera horneada íntegra, llena de caracoles bebés que se disecan en el ensueño hasta descomponerse en frágiles hojas, granos de alcaucil. Para desbaratar la parte alada. O despeinarla.

Ocurre
que al respaldarse el aire en el cielo
causa azar sobre el raso enorme.
Y otras veces, de lejos lo pinta con nácar.

Como de vellones de lana rondando en el aire brillante
así el cielo de ayer
como prismas de cera iluminando el mar
o la garza azulada que aguará en la orilla
la sombra púrpura del cometa.

Al deslucir la frescura y marchitarse
un supuesto afán desmedrado se delata
aderezándole a los pétalos
un polvo de color ceniciento
forma de amparo
o de asilo por lo que vendrá.

Ocurre entonces
que en el intento de desviarse hacia el embalse
el cauce se llena de inmensos olmos, audaces
frenan el desaire
brota la tierra repentina
y todo de nuevo
vuelve a nacer.

Estación lluviosa

 

Estación lluviosa. Ahí vos, bajo el diluvio abatido y la lógica. Interoceánico, todo, todo celeste. Y eso, y yo lo prefería incluso, cuando era lo del puesto de diarios a la madrugada. Mejor, si se parecía al color de la esmeralda. O al verde botella, que es como si fuera seda de vitró. Para poder camuflarme en el esperantismo absoluto. O en el festejo de la vendimia. O capaz, al naranja. Pero vino así, con el rostro lleno de mucha redondez, negando en vaivén, mareado. Y yo no pude decir nada. No pude decir yo quiero hacer eso, quiero titilar de colores por la alfombra, parpadeando y continuarme continuada en una curva, como un arco acristalado hecho solo con la intuición de los pies. Batallas con ocas, tierra. Y eso me pasa, de mucho querer poner lejos: la abreviatura. Tanto raro, tanto emparchado. Trato. O lo que da igual. Intento, poder disolver una voz en una torta de manzana invertida. Son otras. Las tristes murmuraciones de una silla. Claro, hay una puerta a cada lado de la interpretación. Y mientras sea así, yo puedo mezclar todo. Puedo mezclar: la alfombra, el macramé, lo rojo, lo editado, la pulpa, el fervor, lo voraz, la almohada, lo feroz. Todo en una bocanada.

Me hago muelle

Me hago muelle,
en esta faja de tierra que está más inmediata, que me sucede.
Agua arrimada: al amparo: ajena.
Seguirme perdida.
Y así mismo, disimular las rarezas que ya no causan
mis alas aceitunadas,
para nadar holgada,
para correr las olas grandes y brillantes,
para no oír el ruido que hacen cuando rozan. Crujir.

En vano, la fatiga me empapa el vestido,
y la lluvia se empapa en la tierra.
He tratado de cruzarme
aún con mis botitas impermeables, paqueta –descuidada.
Dónde un caballito de totora que me lleve,
por la vertiente más verde.
Dónde la espalda de la hormiga pluvial, casi blanca, para viajar.
O acaso, vendrá una jauría de hipocampos a socorrerme,
a terminar la escena del puente, a desarmarme.

Atraviesa el tiempo de formar la madeja.
Ahogue la planta y me sumergí.
Empacada, puedo ser redonda, puedo ser pez.
Puedo ser la única que salta oblicuamente,
dejando en el medio algo, una cosa.

 

Fuente: Palabras Diversas

http://www.palabrasdiversas.com/palabras/nuevos_dentro.asp?nombre=AnaClaudiaDíaz 

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