|
|
Ana Claudia Díaz, 1983, Santa Teresita, Argentina. Reside en Buenos Aires, Argentina.
Estudió letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata y participó de diferentes encuentros literarios. Actualmente asiste al taller de Romina Freschi y colabora con el taller de poesía de APOA en el Hospital Braulio Moyano.
Bibliografía:
Ha publicado la plaqueta de poesía plegable Vuelto Vudú (Colección, Dale!, 2009) y Limbo (2010) en Pájarosló editora. Poemas suyos fueron publicados en ramona, lakuma-pusaki, poetas al volante, las afinidades electivas, poetas en la luna, pájaros locos, isla negra y otros medios.
Es miembro de REMES: redescritoresespa.com
anaclaudiadiaz.blogspot.com
diazanaclaudia@gmail.com
La ecología de las poblaciones
Ocurre la bisagra entre lo que se llena de sí o de inquietud. O los volúmenes de frascos de cuello recogido, de vidrio poblados de planos tallos de flores rosas ágiles cubriendo, pálidas, los pies de la ladera risueñas crean un pórtico para gestar la estirpe para estallar rampantes para no ser furtivas. Eternas.
Ocurre como si fuera de un abanico amarillo cosas despedidas salen de ahí como temblando, sacudidas. Ruge la pólvora. La hendidura se rinde trémula, roída. Otra vez.
Ocurre una estela se enreda en la espuma del mar y borra tras de sí los rastros que pasan bajo el aire enflorecidos Luminosos, como aquella instancia que perdura cuando se erige sobre el suelo un pedestal.
Al costado del plantío se deshilacha la llovizna y cae, de vestido verde, como buscando el cáliz.
Al deshacer el orden, el degradé: las semillas, aun tiernas, se suspenden en la serenidad firmamento aparente del aliento e intentan guardar la calma, templarla para vigilarlo todo, enganchadas insinúan ser la parte visible del viento que es linaje en todo lo que flota o se siembra.
Ocurre la expansión del aire alrededor de la boca desahoga al absoluto como si fuera cíclopes gigantes desnudos sobre la felpa apeados, esperando a que los juzguen.
Como en el candor de los colores la ingenuidad se vuelve lúdica y escondida entre las matas busca la pureza abrumada en la mañana.
Los muelles se vuelven pasajes construidos solo para escapar de la colmena mediterránea como único abrigo que se apelmaza en el pasillo marítimo de un encuentro.
Las violetas se despiertan audaces y se enroscan en las enaguas de los hongos dejando solo ver la parte extraordinaria veteando el infinito.
La explosión de un error se vuelve bella y en completo desacierto la tierra se convierte en una pradera horneada íntegra, llena de caracoles bebés que se disecan en el ensueño hasta descomponerse en frágiles hojas, granos de alcaucil. Para desbaratar la parte alada. O despeinarla.
Ocurre que al respaldarse el aire en el cielo causa azar sobre el raso enorme. Y otras veces, de lejos lo pinta con nácar.
Como de vellones de lana rondando en el aire brillante así el cielo de ayer como prismas de cera iluminando el mar o la garza azulada que aguará en la orilla la sombra púrpura del cometa.
Al deslucir la frescura y marchitarse un supuesto afán desmedrado se delata aderezándole a los pétalos un polvo de color ceniciento forma de amparo o de asilo por lo que vendrá.
Ocurre entonces que en el intento de desviarse hacia el embalse el cauce se llena de inmensos olmos, audaces frenan el desaire brota la tierra repentina y todo de nuevo vuelve a nacer.
Estación lluviosa
Estación lluviosa. Ahí vos, bajo el diluvio abatido y la lógica. Interoceánico, todo, todo celeste. Y eso, y yo lo prefería incluso, cuando era lo del puesto de diarios a la madrugada. Mejor, si se parecía al color de la esmeralda. O al verde botella, que es como si fuera seda de vitró. Para poder camuflarme en el esperantismo absoluto. O en el festejo de la vendimia. O capaz, al naranja. Pero vino así, con el rostro lleno de mucha redondez, negando en vaivén, mareado. Y yo no pude decir nada. No pude decir yo quiero hacer eso, quiero titilar de colores por la alfombra, parpadeando y continuarme continuada en una curva, como un arco acristalado hecho solo con la intuición de los pies. Batallas con ocas, tierra. Y eso me pasa, de mucho querer poner lejos: la abreviatura. Tanto raro, tanto emparchado. Trato. O lo que da igual. Intento, poder disolver una voz en una torta de manzana invertida. Son otras. Las tristes murmuraciones de una silla. Claro, hay una puerta a cada lado de la interpretación. Y mientras sea así, yo puedo mezclar todo. Puedo mezclar: la alfombra, el macramé, lo rojo, lo editado, la pulpa, el fervor, lo voraz, la almohada, lo feroz. Todo en una bocanada.
|
Me hago muelle
Me hago muelle, en esta faja de tierra que está más inmediata, que me sucede. Agua arrimada: al amparo: ajena. Seguirme perdida. Y así mismo, disimular las rarezas que ya no causan mis alas aceitunadas, para nadar holgada, para correr las olas grandes y brillantes, para no oír el ruido que hacen cuando rozan. Crujir.
En vano, la fatiga me empapa el vestido, y la lluvia se empapa en la tierra. He tratado de cruzarme aún con mis botitas impermeables, paqueta –descuidada. Dónde un caballito de totora que me lleve, por la vertiente más verde. Dónde la espalda de la hormiga pluvial, casi blanca, para viajar. O acaso, vendrá una jauría de hipocampos a socorrerme, a terminar la escena del puente, a desarmarme.
Atraviesa el tiempo de formar la madeja. Ahogue la planta y me sumergí. Empacada, puedo ser redonda, puedo ser pez. Puedo ser la única que salta oblicuamente, dejando en el medio algo, una cosa.
|
Fuente: Palabras Diversas
http://www.palabrasdiversas.com/palabras/nuevos_dentro.asp?nombre=AnaClaudiaDíaz
|
Comentarios recientes
hace 9 horas 41 mins
hace 1 día
hace 2 días
hace 4 días
hace 5 días