Hace muy pocos días que lo empezó a notar. Al principio solo fue una sombra leve, como si hubiera atravesado un bosque en penumbra pero luego fue a más. Los contornos de las cosas se difuminaron, los objetos se borraban, la luz desaparecía despacio pero contundentemente. Comprendió que se quedaba ciego y que no tardaría en dejar de ver completamente. Cuando así sucedió hizo una lista de lo que recordaba. Algún perfil extraño en la tarde, un árbol imposible de abarcar en su totalidad. Entonces, fueron los sonidos los que le indicaron por dónde seguir. Ya no podía verlos, pero oía a los pájaros. La dulce voz de su amigo, la música que se elevaba por encima de todo y que le traía y llevaba por las esferas del universo. Cuando también dejó de oír tuvo que echar mano del tacto y luego cuando la sensibilidad de los dedos dejó de funcionar se preguntó triste, ¿qué me queda? Aunque luego cayó en la cuenta de que nada de aquello valía la pena si no era capaz de recobrar su amor, tanto tiempo olvidado, tanto tiempo anhelado, como siempre.








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