La Poesía de los Bares

Siempre he sentido una especial predilección hacia los márgenes, los sucesos que ocurren fuera de plano, las tramas secundarias, las palabras tachadas, los capítulos prescindibles; la parte más humilde de las cosas.
Un día descubrí que el futbolín es un deporte de poetas en el más estricto sentido de la expresión. Bueno, en el más estricto de los sentidos supongo que debería decir que el futbolín es el deporte de un poeta. Quiero decir que fue un poeta quien, en su temprana juventud, inventó el futbolín como un sucedáneo del fútbol inspirándose en el tenis de mesa.
El poeta era gallego, su nombre Alexander “Finisterre”, el escenario un hospital infantil del bando republicano habilitado en el monasterio de Montserrat durante la Guerra Civil, su edad diecisiete o dieciocho años. Nuestro poeta inventor lo hizo, según sus propias palabras, para que también los niños mutilados pudiesen jugar a fútbol. En el treinta y nueve, acabada la guerra, atravesó a pie los Pirineos hacia el exilio bajo una intensa lluvia que duró varios días y la patente de su invento se le desintegró en el bolsillo.
Me gusta pensar en la cara que se le debió quedar al bueno de Alexander al descubrir en lo que había quedado el papel que le acreditaba como el padre de la criatura. Claro que, en aquel momento, no creo que imaginase la difusión que, con el tiempo, llegaría a alcanzar su creación. También se cuenta que no era ése su invento más preciado, que por aquella misma época se enamoró perdidamente de una pianista e ideó un mecanismo que se añadía al atril del piano y mediante el cual, pulsando un pedal, se pasaba la hoja de la partitura sin tener que separar las manos del teclado.
Por lo visto Alexander Finisterre estaba mucho más orgulloso de su pasahojas que del futbolín. Uno siempre le da más valor a las cosas que hace por amor que a aquellas que hace por compasión o solidaridad. Sobre todo si ese uno es poeta, como afirman todas las informaciones que respecto a su persona he encontrado tanto en Internet como en la prensa escrita. Porque lo cierto es que, por más que he buscado, no he encontrado una sola referencia a ningún libro suyo ni un poema o fragmento representativo de su obra.
Alexander Finisterre es un poeta sin poemas que un día, en su más tierna juventud, se sacó de la chistera el futbolín y el primer pasahojas especialmente diseñado para un piano.
Un día, mientras hojeaba la prensa frente a un cortado en la barra de un bar, cuatro amigos empezaron a jugar al futbolín y tomé conciencia, así, de repente, del extraño vínculo que se establece entre los participantes de una partida de futbolín, de la tensión que se apodera de sus cuerpos aferrados a dos mangos de madera, de la intensidad con la que se miran, del canal comunicativo en el que se convierte una simple mesa atravesada por ocho barras cilíndricas de acero en las que están ensartados en miniatura, los jugadores de dos equipos de fútbol.
Y comprendí que un poema, en cierto sentido, es un vehículo para la comunicación; que, en cierto sentido, un poema puede ser un pasahojas o un futbolín; que Alexander Finisterre es un poeta cuya obra completa la forman dos únicos poemas ninguno de los cuales contiene una sola palabra, convirtiéndose así en uno de los más insignes representantes de esa corriente literaria que Vila Matas llama literatura del no, y cuya primera nómina de autores inventarió en su libro “Bartebly y Compañía”.
Fuente: http://www.narrador.es/blog/2008/04/30/la-poesia-de-los-bares/








" Uno siempre le da más valor a las cosas que hace por amor que a aquellas que hace por compasión o solidaridad."...Es que ahí está lo valioso.
Saludos y gracias por compartirlo. Que estés bien.